Todos somos Andróginos, buscando su complemento

Todos somos Andróginos, buscando su complemento

¿Por qué almas y maestros?

Elegí ese nombre porque creo que siempre hay seres que nos rondan y van guiando nuestros caminos. Si abrimos nuestra percepción, podremos alcanzar lo más noble y rico que poseemos en el interior.
Las corneas están endurecidas, la piel insensibilizada, los oídos cerrados, la lengua trabada, las manos atadas, las alas con lastre y los pies clavados al suelo y ya no sabemos "mirar", "distinguir" ni "gozar"lo que realmente importa; tan sólo permitamos que los maestros que nos susurran al oído, guíen nuestra escencia hacia su máxima expresión... Dejémonos ser... Sólo eso...

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Mendoza, Argentina
Siempre del lado del gladiador, jamás del emperador. Amo mi vida, mis hijos y la posibilidad infinita de expresarme con palabras, transmitiendo la escencia que me posee cada vez que cominzo a redactar algo nuevo. Tiendo al realismo mágico y a todo aquello que esté relacionado con extrañas leyendas, mitos o tradiciones populares. No soy la persona más extrovertida ni simpática, pero mis amistades y las personas que amo ocupan un lugar sagrado en mi vida y, siempre estoy dispuesta a tender mi mano a quien lo solicite. Deseo vivir delo que mejor sé hacer, escribir y educar, pero no es simple en esta parte del mundo. Por eso me encantaría conectarme con personas que tengan los mismos anhelos e intereses que yo. Bienvenidos a mi extraño mundo de almas y maestros!!!

domingo, 4 de mayo de 2008

VIVIENDO CON TU ESPIRITU CAPITULO I

CAPITULO I
Doña Juana, Juanita, era la vieja más querida del lugar, la abuela que curaba las heridas rodillas de los críos, la que tenía un consejo entre pícaro y serio para las jóvenes que comenzaban a gustar de los primeros amores, la que conocía todas las tisanas y yuyos para los males más extraños y la que le enseñó a la Mabel a cocinar empanadas y pan para seguir manteniendo a sus hijos cuando el Luis la abandonó. También se comportaba de esta manera con los demás seres de la Creación, ya que no había bicho abandonado que no encontrara refugio en su humilde morada ni planta que se resistiera a los amorosos tratamientos que le brindaba y comenzara a crecer lozana y fuerte.
Nunca tenía tiempo para la soledad, ya que su sencilla casita era un ir y venir de niños y vecinos pidiendo alguna ayuda o consejo. Nadie entró a la vida de Doña Juana y pudo decir que salió sin lo que fue a buscar, ya que la vieja, dentro de su humildad, tenía ingenio y resolvía las situaciones de manera simple y eficaz. Un día, fue Rosa, la mujer del zapatero, desesperada porque tenía la visita de su hija recién casada y su yerno, un importante joven que trabajaba en el Banco de la Ciudad, y carecía de los medios para ofrecerles un plato digno de la ocasión... Ahí no más, Juanita se fue al patio trasero, degolló a un pollo que estaba engordando para cuando fuese menester, juntó unas hierbas de su huerta y le dio la receta con la que la mujer se lució ante los invitados. En otra oportunidad, había parido la hija de Don Pedro, quien no le hablaba a la muchacha desde que se había enterado de su estado y, angustiado y con la conciencia estrujada, deseaba conocer a su nieta, hacerle un presente, pero no se animaba y no tenía idea ni moneda para esto, la Juana primero le dio un buen sermón por haber abandonado a su hija en tan difícil momento...”que pa eso uno no trai los hijos al mundo sino pa acompañarlos en la malas, ¿qué tanto se hacía el orgulloso ahora cuándo todos se habían enterado de que antes de que el Señor se llevara a la finadita de su mujer, él había andado coqueteándole a la hija del carnicero?, que el nacimiento es un milagro que todo lo perdona y lo olvida, así que ya mesmo le iba a preparar un presentito y se iba a ir a ver a la hija y la nieta...”
Don Pedro no abría la boca y la dejaba hacer mientras ella parloteaba tomando un trocito de tela amarillo pálido y unas puntillas tejidas por su propias manos, en tanto él le cebaba unos amarguitos y, en menos que canta un gallo, tenía listo para la beba un primoroso vestidito, que roció con agua de lavanda, envolvió en papel de seda y puso en las manos de su vecino, quien partió lleno de regocijo y buenas intenciones a reconciliarse con su niña. Muchos años habían transcurrido desde ese acontecimiento, ahora la nieta era mayor y la hija se había casado con un hombre de bien y trabajador que se hizo cargo de la niña como propia; pero ni el abuelo, ni la madre, ni la nieta dejaron jamás de recordar con agradecimiento la intervención de Doña Juana.
Bien sabía Juana lo que era el amor en todas sus expresiones, desde el gran amor que sentía por su Hans, compañero de tanto pero tanto tiempo hasta la ternura filial hacia los críos y no tan críos del pueblo, a los que había visto crecer y asistido en tantas oportunidades.
Merece un párrafo aparte la mágica relación de los esposos, ya que cuesta creer en esta época tan trajinada y olvidada de los verdaderos valores y sentimientos, que existan amores que todo lo trascienden, que siempre se acompañan aprendiendo a ser amigos, esposos, amantes, padres, hijos, amos, esclavos; se trata de ese amor que todos anhelamos y sólo unos pocos privilegiados consiguen. La pasión es fuego ardiente, la ternura no avergüenza, los defectos son tan amados como las virtudes y, el ser objeto- sujeto de estos sentimientos, es tan parte de uno mismo que resulta imposible distinguir dónde comienza uno o termina el otro.
Juana y Hans llevaban más de una vida juntos, no hacía falta hablar, entre ellos bastaba con la mirada y la presencia.
En su juventud, los habían consumido íntimos momentos de pasión, dedicando horas y horas a descubrir, recorrer, aspirar, humedecer, cubrir de besos y caricias el ardiente cuerpo del otro; oro y canela fusionándose en momentos de tormentas eléctricas seguidos de crepúsculos en calma, entrelazados sobre la sábanas arrugadas, hacían una fiesta en sus pieles y en su sangre y, finalmente, el sueño, el cansancio y el hambre sensual saciado, los tomaban entre sus brazos hasta que se rendían con desmayo luego de tanto placer compartido.
Además de esta pasión que les ardía en el cuerpo, la mente y el espíritu, existía entre ellos complicidad y un modo de intimidad mayor, puesto que fueron aprendiendo en tantos momentos vividos íntimamente, a leerse y entregarse el alma. Compartían tareas y siendo seres tan distintos, tenían la posibilidad de enriquecerse mutuamente con las diferencias. Si bien pertenecían a culturas y mundos totalmente ajenos uno del otro, lograban amalgamar con amor y comprensión, el bagaje de experiencias, creencias y costumbres que ambos tenían cuando se conocieron.
Hans no poseía una formación religiosa, los años compartidos con su familia fueron muy libres al respecto. Tanto el padre como la madre tenían una amplia cultura como así también una mentalidad abierta a los temas espirituales, cosa muy poco común en aquellos tiempos, razón por la cual no exigieron a sus hijos que adoptaran religión formal alguna aunque si un gran respeto por el Creador y su obra.
Doña Juana, por el contrario era muy devota, con una devoción muy particular que no respondía a ninguna regla y a la vez también formaba parte de todas las tradiciones y sacramentos religiosos. En su casa, al lado de la Virgen con el Niño en brazos, estaba con su eterna sonrisa de paz el Budita; junto a un elefante con un billete enrollado en la trompa mirando al sur, la Virgencita de Guadalupe y, al lado de San Cayetano había una ristra de ajos para espantar los malos espíritus. No dejaba jamás de asistir a los oficios religiosos, pero nunca pasaba debajo de una escalera, tocaba madera cuando deseaba espantar algo y esquivaba a los gatos negros. Casi se podría afirmar que “su” religión estaba formaba por el inmenso bagaje de creencias universales que predicaban el bien y el amor hacia todo lo creado, sumado a las supersticiones comunes a todos los pueblos chicos y alejados de la “ilustración” religiosa.
Juana era sabia, profundamente sabia, con esa sabiduría que tienen solamente los niños y los muy viejos, aquellos que ya lo vieron todo en la vida o bien los que tienen la mirada clara y limpia que les permite comprender y ver más allá de lo que ven la mayoría de los mortales, quienes van por la vida con la retina endurecida de tanto seleccionar que mirar y qué ignorar. Nada se escapaba a la agudeza de sus ojitos ya cansados por el tiempo, pero no se metía jamás adonde no la llamaban.
Tenía tantos años que nadie en el pueblo sabía ni recordaba cuántos, era como si siempre hubiese sido vieja, tan vieja como la eterna capita marrón tejida al crochet que llevaba sobre sus hombros invierno y verano. Sólo seguía viéndose joven, fuerte y hermosa para Hans.
Su paso era seguro, aunque ya no andaba erguida como tiempo atrás, pero si era menester se subía a un banquito de madera para regar las plantitas colgantes que tenía en el zaguán o tender las pulcras sábanas al sol. A veces parecía que había perdido el oído, pero en otras ocasiones su agudeza auditiva era increíble, escuchaba cosas dichas muy quedas que casi nadie alcanzaba a percibir, cuando eso tenía alguna importancia....
Ya nadie recordaba su historia... ¡Tantos años había pasado siendo la abuela del pueblo! Tal vez tenía cien años... O más… Y no había dejado el cigarro, el mate, el ajo frito con tocino o las cazuelas picantes. Todos pensaban que su excelente salud se debía a la alegría y la sonrisa que acompañaban cada uno de sus actos. Si bien le tocó sufrir mucho en su existencia, jamás perdió su amor por la vida, las plantas, los animales y, sobretodo, las personas a las cuales siempre miraba con los ojos francos y repletos de ternura, en un mudo ofrecimiento de todo su ser y su humilde sabiduría hacia quien lo solicitara.
Doña Juana era la que recordaba todas las historias del lugar, cada situación había quedado grabada en su memoria, ni la demencia senil, ni el Alzheimer parecían haber llegado jamás a su mente totalmente lúcida. Quizás esos sean males de las ciudades y los avances científicos, pero la vida en el poblado estaba tan lejos de eso… Si alguien quería saber alguna de la añejas historias, acudía a ella para conocer todos los detalles de porqué lo echaron al comisario Suárez, que estaba en “compló” con los rateros y desvalijaron la mitad de las casas; o cuando la hija de los López se fue con el equilibrista del circo; también aquel lejano día en que la fiesta de fin de año terminó en un lamentable incendio y tuvieron que hacer todos de tripa corazón y rehacer, adobe por adobe la capilla, la comisaría, la salita de primeros auxilios y tres o cuatros casitas. Todo el pueblo ayudó, todos se mezclaron, los señores y los atorrantes pusieron su cuota para reconstruir nuevamente lo perdido. Juanita no solamente colaboró con sus manos y sus entremeses para los trabajadores, sino que también fue el alma de la reconstrucción, con su carácter jovial, su sonrisa amplia y generosa y el aliento constante para que nadie decayera en su labor.
! Y quedó tan bonito con los muros encalados que hasta se les ocurrió hacer una fuente en medio de la plaza! Era una construcción humilde pero realizada con todo esmero, propia de un pueblo que deseaba agradecer a los santitos del cielo que no hubiesen ocurrido males mayores. Una base con forma de copa dada vuelta, en el centro la figura de unos querubines entrelazando sus cacharros de los cuales se vertían cristalinas aguas y los costados de la fuente, protegidos, como si fueran sus guardianes, por San Juan y San Pedro. Alrededor de esta habían sembrado flores de todo tipo, las que daban color durante todo el año, ya que buscaron variedades que florecieran durante toda la estaciones.
También recordaba cuando tuvo que hacer acopio de todo su coraje y enfrentarse a Don Antonio García para que dejara de una buena vez de aporrear a la pobre hija a quien culpaba de la muerte de su madre, castigándola con golpes hasta hacerla sangrar y teniéndola encerrada por días y días sin ver la luz del sol; Doña Juana consiguió que a Don Antonio lo hicieran partir lejos y la niña creció sanita junto a su tía Teresa... “¡Ya iba a permitir ella semejante atropello a un almita de Dios, pura, que se había quedado sin mamá tan pequeñita y no le había hecho daño a naides!”
... ¡Eran tantas vidas y tantas historias...y nadie recordaba la suya...!.
Solamente ella, en la paz de la noche, cuando se apagaba la última luz, se metía en su cama y abrazaba muy fuerte a su Hans, podía rememorar tantas cosas. No había dolor en su memoria sino un profundo agradecimiento por haber sido la depositaria de tanta experiencia de vida, de la posibilidad de aprender todo aquello que pudiera ser de utilidad a sus semejantes y del coraje innato que la llevó a sortear cualquier piedra del camino por grande que pareciera.
Hans estaba ahí, y la acompañaba a cada instante, le susurraba consejos al oído, le daba fuerzas para seguir viviendo, era en gran parte el responsable de toda la energía luminosa que emanaba de la vieja mujer. Gracias a él podía continuar dibujando su humilde sonrisa en el rostro y el brillo en sus profundos ojazos negros.
Las noches eran plácidas y tibias entre sus brazos y los quehaceres del día seguían siendo para ella una fiesta, tal como cuando eran unos jóvenes tortolitos que hacían derroche de energía y lograban una conjunción de trabajo y placer, de dar y recibir, de desparramar amor y cosecharlo. Los años habían pasado, pero no así su devoción y regocijo de hallarse unidos por el destino.
A veces, en su eterno tesón por ayudar a quien lo precisara, cuando en algún consejo le empezaba a errar, veía el rostro pícaramente reprobatorio de su amado y arreglaba el discurso; cuando una situación se le iba de las manos Hans le daba la solución que él consideraba adecuada al caso, de manera muy discreta, y, cuando estaban a solas, mantenían largas charlas sobre los tiempos pasados, el hijo que nunca llegó, el día que más unidos que nunca se irían a habitar el Más Allá, las pasadas pasiones y, sobre todo, lo duro que resultaba no poder abrazarse cálida e infinitamente...
Estaba su compañía, su imagen, su voz, su protección pero faltaba la materia que les permitiera tocarse y mimarse como tantas veces lo habían hecho.
Ya nadie en el pueblo recordaba que Doña Juana fue joven y tuvo la piel firme, ya nadie recordaba sus rubores, ni los brazos fuertes sacando agua del pozo; los que la conocieron de moza ya no estaban y los niños de entonces, ahora adultos, no tenían la imagen de esa Juanita juguetona alegre como un cascabel que prendía flores en su pelo y bailaba al son del piano de su madre, puesto que cuando nacieron ella ya era una señora. Nadie recordaba cuando terminó la primera gran guerra, ni cuando comenzó a pasar el ferrocarril; habían olvidado el día en que se encendieron las primeras bombitas eléctricas o llegó el primer teléfono... Menos que menos iban a recordar a su Hans, quien llegó al pueblo allá por los fines de la guerra y apenas hablaba el idioma. Sus palabras eran guturales y todos reían cuando intentaba pedir una “Vasa de agua”.
Doña Juana, en su mente llevaba un diario de todos los acontecimientos, algunos muy gratos, otros no tanto y, los menos, realmente desagradables. Tanto tiempo transcurrido en el pequeño pueblo y tanta vida como la que había pasado por su existencia, la habían transformado en una especie de madraza de todos, papel que desempeñaba con verdadero afecto y devoción.
Eran muchos los misterios de la vida que debía agradecer, sentía que había nacido con una estrella que alumbraba toda su existencia y, lo menos que podía hacer era compartirla con los que la rodeaban.
A menudo recordaba a sus padres, que hacía tanto tiempo ya que habían partido con Tatita Dios, nadie podía desear mejores ejemplos de vida. Don David, a pesar de su falta de instrucción, se abrió camino con tesón y trabajo honesto, llegando a ser un comerciante respetado y querido por los otros integrantes del lugar, el hombre daba la vida por su pequeña hija, la luz de sus ojos y su incondicional mujer, Doña Dolores, quien no pudo tener más hijos luego de Juanita y se dedicaba con infinita ternura al esposo y la hijita. Siendo niña había aprendido a tocar el piano gracias a un curita que había llegado de Italia quien, aún siendo un virtuoso y amante de la música, debió seguir los deseos de sus progenitores de tener un hijo sacerdote, puesto que el hermano mayor ya había optado por el camino de las armas y él debió aceptar obedientemente a esta imposición; al menos, así lo contaba el padrecito Miguel, pero le resultaba inevitable demostrar que sentía una verdadera devoción religiosa y amaba con fervor su labor. Pero no lograba eludir su alma de artista y la ejercía enseñándoles a los niños del pueblo que mostraban interés por el viejo y desvencijado piano que había en la capilla. Los padres de Dolores, con gran esfuerzo le regalaron uno cuando cumplió 12 años, el cual, aunque antiguo y un poco desafinado, seguía deleitando las veladas en familia y educando el oído de Juanita, como así también colaborando al espíritu alegre que poseía la pequeña. Cada noche, luego de cenar los sabrosos platillos que cocinaba y ordenar los trastos de la cocina, ayudada por su hija, mientras el esposo bebía una copita de jerez, se sentaba al piano y desgranaba alegres y sencillas melodías que regocijaban el espíritu de la familia antes de ir a dormir.
Por esos años, Juana trabajaba ayudando en la cantina del pueblo que pertenecía a su padre, su chispa, su alegría y exótica belleza atraían nuevos clientes, quienes se cuidaban muy bien de las groserías frente a ella ya que la personalidad de Don David Ponce, el padre, no era de las más sosegadas. Aún así, más de uno concurría con el secreto deseo de ser alguna vez el depositario del cariño de la niña, quien era amable con todos pero reservaba su corazón y muestras de afecto para sus padres.
Cuando alguno pasado de copas quiso intentar algo, como manotear la florida falda, terminó con la cara en condiciones de hacérsela de nuevo o cubrirla con una máscara y varias costillas quebradas. “La moza trabaja pero se la respeta, que es m`hija, una señorita con todas las letras y naides se mete con las buenas mujeres”.
Juanita, aunque era casi una niña, también tenía su genio y se hacía respetar por todos. Ya fuera con una mirada de sus chispeantes ojos negros o con un comentario cáustico, diríamos que hasta con cinismo, le recordaba a cada quien cuál era su lugar: “Mire, don, no se me venga a hacer el compadrito que su señora está todo el día trabajando como una burra pa que usté tenga toíto en condiciones y a los niños bien criados…”, “… ¿le gusta lo que está mirando…?. Más le va a gustar a la madre de su novia cuando se entere de que es un descarao…”, “…yo soy una moza decente ayudando a su tata, de las otras, sabe bien dónde buscar…”.
No dejaba duda alguna de quien era ni de su conducta, si bien, quien la miraba o la escuchaba reir quedaba embelesado con su frescura e inocencia. Juanita era para los hombres, azúcar y pimienta; la hermosa flor de un cactus, que deseaban tener pero era demasiado inalcanzable gracias a la altura de la planta que la protegía y las agudas espinas.
Un día de verano, se abrió la puerta de la cantina y entró un muchachote rubio como el sol, con el cuerpo de un Apolo que, sin decir nada se instaló en la mesa del rincón más alejado de la fonda
Presta, Juanita fue a ver que “deseaba el caballero”, él hizo un gesto confuso procurando indicar que tenía hambre y deseaba beber algo y la niña estalló en carcajadas... “Tatita, ¡no sé qué quiere el gringo! “.
- Téngale paciencia m’ hija y lo va a descubrir.
- ¿Usté quiere un guiso, don? - Decía ella haciendo como que se llevaba una cuchara a la boca.
Él con un movimiento de cabeza daba a entender que no.
- ¿Quiere pasta...? – Y trataba de dar forma de tallarines dibujando con su dedito en la mesa...
Así estuvieron largo rato y mientras ella estallaba en carcajadas a cada intento, él se desesperaba por hacerse entender.
- Ya sé Don, no se preocupe. – Y le entregó una libretita y un lápiz donde él pudo dibujar una chuleta de cerdo y una jarra de cerveza.
Ese hombre, que hacía que su risa sonara como campanitas, tenía la mirada más bonita que la Juana hubiera visto.
- Tata, ¿usté cree que el mar tenga el color de esos ojos?
- Déjese de tonteras, niña y siga sirviendo que se nos está llenando la cocina de humo.
Así fue como empezaron a conocerse, y día a día él dibujaba lo que quería comer y ella vocalizaba lentamente lo pedido.
- Repita Don: Ca-zue-la, cer-ve-za. Repita que yo le via enseñar cómo hablamos por acá.
- ¿Cómo se llama usté?- señalaba su pecho y decía- yo soy Ju-a-ni-ta- y apuntaba con el dedo el robusto pecho del joven.
- Mi, Hans.
El padre empezó a quejarse de que se tomaba demasiado tiempo atendiendo al gringo y había otros clientes, tan importantes como él que también requerían su dedicación.
- Perdóneme, Tatita pero el pobre no entiende nada y se via a morir de hambre... –además ¡ella moría en secreto al mirar esos ojos...!. Por primera vez en su corta vida, comenzaba a sentir la comezón del deseo, la atracción normal de todo adolescente a quien se le están despertando los sentidos y no logra entender completamente de qué se trata.
A los pocos días, la Juana, ya había empezado a sentir en su corazón y en su piel unas extrañas cosquillas cada vez que evocaba en su mente la mirada de su Hans; porque era “su Hans”, “¿Acaso las otras muchachas del pueblo le enseñaban a pedir comida o dar las gracias. ¿Alguien más se preocupaba por entenderlo y atenderlo?”, “se paseaban delante de él como pavos reales, apestando a perfume, pero ninguna hacía ni esto por ayudarlo al pobre…”
Los padres comenzaron a notarla rara, se movía inquieta como una mariposa y se esmeraba más que nunca en la atención, como así también había comenzado a ir a trabajar con la ropa de los domingos y nunca dejaba de llevar flores en sus renegridos y ondulados cabellos.
Por las noches, se pasaba largo rato sentada en la galería imaginando una y otra vez ese rostro y ese cuerpo que le escocían la sangre, sin entender bien qué le estaba sucediendo. Era joven, muy joven, apenas salía de niña; en sus catorce años jamás había sentido algo así, ni cuando el José le quiso dar un beso...Sólo se ruborizó y salió corriendo limpiándose la boca, llena de asco.
Pero ahora, sus labios se entreabrían y se humedecían como una flor con rocío esperando el roce de una mariposa sobre sus pétalos.
Poco sabía la gente del pueblo del gringo, salvo que era alemán, se había marchado de su patria al terminar la guerra, se hospedaba en la casa de la viuda Riquelme y era limpio, prolijo, ordenado y parco, mesurado en todos sus actos, metódico. Comía todos los días en la cantina de Don David y después daba una vuelta por el pueblo, caminando con su paso imponente y su inmensa figura que no pasaba desapercibida, para encerrarse luego en su habitación a escribir ¡Vaya Dios a saber qué cosas! Tenía muy poco equipaje, sólo una descolorida maleta de cartón, pero siempre estaba impecable y él mismo lavaba su ropa para no importunar a la viuda.
Todos se preguntaban qué razones lo habrían llevado a parar a ese pueblo del fin del mundo. Nadie entendía su lengua, así que tampoco le preguntaban si tenía familia o cuáles eran los motivos para estar en aquel lugar, como así tampoco cuánto tiempo iba a quedarse...
… Quizás hasta era un criminal... Tal vez había hecho algo terrible y se estaba escondiendo de la justicia… ¡Vaya uno a saber, lo único cierto es que era muy extraño que ese joven de tan buen porte, anduviera sin equipaje ni historia por ese pueblo olvidado!
La única que lograba comunicarse apenas con él, era la Juanita, que había tomado por costumbre sentarse a su lado cuando le servía y, entre risas y esfuerzos, intercambiaban algunas palabras. Ella era un derroche de vitalidad, de energía, de alegría; él mantenía siempre su postura seria y militar, pero algunas veces lanzaba una carcajada que hacía retumbar el lugar.
Poco a poco, comenzó a nacer entre ambos una complicidad y los padres de Juana miraban con cara de preocupación esta relación incierta.
Cuando las charlas se fueron haciendo más fluidas, él le contó de su tierra ¡tan al norte y tan lejana! , de sus padres que sucumbieron en el hogar juntos con sus hermanos al estallar una descarga de cañones enemigos en la campiña germana, con sus casas tan pintorescas e impecables como sus habitantes. También le habló de la dureza de ver morir o volar en pedazos a su lado a su capitán y a sus grandes amigos de batalla. Era demasiado el horror vivido y por esa razón, había huído lo más lejos posible de los recuerdos, aunque estos no lo dejaban en paz ni de día ni de noche, pasaba horas escribiendo la historia de espanto y destrucción, procurando de esa forma mitigar su dolor.
Juanita era la única estrella de felicidad que iluminaba su mundo y lo aliviaba de los males de la guerra cuando estaba a su lado. Comenzaron a recorrer el pueblo juntos, fueron al arroyo dónde jugaron con el agua y las piedras como lo que eran en realidad, dos criaturas, pasearon por el campo embriagándose con su perfume de verde frescura... Él recogió un ramillete de flores silvestres y se lo entregó en tributo de agradecimiento, al recibirlas, la niña se ruborizó y sintió que el corazón iba escaparse volando de su pecho como un ángel mariposa, las tomó y con los ojos anegados en lágrimas, escapó corriendo a su casa.
Al día siguiente, cuando Hans fue a comer estaba con la lengua trabada de disculpas y sus mejillas parecían maquilladas con colorete barato como las de una vieja matrona:
- Mi no querer ofender Juana, mi querer decir gracias por compañía, por ayuda...
- Ta todo bien, Don Hans, perdóneme usté, me dio vergüenza porque nunca de los jamases nunca me habían dado flores. Olvidesé y seguimos de amigos, ¿Quiere?
- Mi perdón, Juana, mi tener mayor cuidado.
El extranjero, tan frío como el acero por fuera, tenía un corazón tierno y amable. Él no había elegido la guerra, con tan solo quince años lo habían reclutado y tuvo que dejar a sus muertos y la granja destruida de sus padres, en la que meses atrás se dedicaban los hombres de la familia a la labranza y cuidado de animales; mientras la madre aseaba el hogar hasta hacer brillar la humildad y horneaba struddell de manzana para agasajar a los trabajadores... Un fuerte estruendo, las llamas, los gritos, el cuerpito de su hermano menor destrozado y cubierto de sangre... terminaron con su vida de niño, y la orden de un teniente, unos pocos años mayor que él, lo sumaron al horror de las batallas.
No tenía razón para matar a nadie, peleaba por su vida, hasta que consiguió huir lejos, muy lejos; pasando por tremendas calamidades, viendo pueblos enteros despojados hasta de su dignidad, mujeres y niños ferozmente violados, hombres mutiladados, sintiendo hambre intenso, frío arraigado a la piel y los huesos, siempre cerca del sabor dulzón y repugnante de la sangre en los labios y las manos o, lo que era aún peor, el hedor de los cadáveres abandonados pudriéndose en medio de lo que había sido un bello pueblo, un campo fértil o una hermosa laguna donde nadaban hacía no demasiado tiempo los patos...
Huyó del horror, huyó de su infancia, huyó de los muertos, huyó casi desnudo y con el cuerpo surcado de estrías carmesí producto de las zarzas y ramas que se clavaban en toda su piel… Esa piel que tan amorosamente limpiaba su madre cuando llegaba de trabajar el campo. El cuerpo alimentado con ternura y dedicación, forjado en las tareas de labranza bajo la enseñanza y supervisión de su padre era en esos momentos casi una sombra esquelética… ¡Cuán lejos estaba todo aquello!... Ahora las grietas sangrantes de sus labios y su ser lo atormentaban de tal manera, que le permitían seguir con vida hasta alejarse de esa guerra despiadada que jamás deseó y de la que no tuvo conocimiento hasta que destruyeron todo su bello mundo.
Anduvo demasiados caminos, vio más espantos de los que hubiera podido imaginar, sufrió como un cristo cargando su cruz hasta casi desfallecer a la orilla de un pequeño arroyo. Allí fue hallado por unos campesinos, curado, alimentado con lo poco que tenían, hasta que recuperó las fuerzas y pudo marcharse con un paupérrimo morral hacia tierras desconocidas por ese mundo abatido por la guerra y la maldad. Jamás olvidaría a quiénes lo revivieron, su deuda era eterna. Habían sanado y fortalecido su cuerpo, le dieron algunas ropas, usadas pero pulcras y lo despidieron con los mejores deseos…
Seguía huyendo, pero ahora de sus recuerdos, de sus pensamientos crueles que lo torturarían dónde quiera que fuese, pero… conoció a Juanita, quien le dio nuevos y bellos deseos de seguir viviendo y dejando de lado, sin olvidar, todos los padecimientos atravesados.
Una vez más se había convertido en un muchachote fuerte y un señor acomodado del pueblo, Don Felipe, necesitaba manos que trabajaran en la construcción de su nueva casona, así que le ofreció la tarea (traducción de Juanita mediante) que él, agradecido y feliz de poner en movimiento toda su energía, aceptó.
Los demás obreros hacían bromas a costa del “gringo desteñio”, que tenía “atravesado un pollo en la garganta para hablar” y Hans, mostraba una amplia sonrisa y decía: “gracias, gracias” invitando una ronda de cervezas al terminar la jornada.
El alemán era muy hábil y dispuesto jamás se quejaba, siempre sonreía y el frío invierno o el ardiente verano no hacían mella en su cuerpo. Pronto comenzó a ser apreciado por casi todo el pueblo y sólo se diferenciaba de los demás por el sol de su cabello y la dificultad para comunicarse con palabras.
Entre el trabajo, las cervezas y las charlas con Juanita fue pasando el tiempo. Con sus ahorros que, aunque la paga era magra, su vida era austera en pos de un objetivo, le compró una parcelita a la viuda Riquelme y comenzó a construir una casita de cuentos, ¡tan distinta a las del pueblo! Ya que le había dado la forma y el estilo de las que recordaba de su tierra. Maderas nobles, canteritos para llenar de flores, ventanas con un corazón tallado en el centro de sus hojas, techo a dos aguas y hasta un altillo... La casa estaba encalada, como todas las demás, pero las maderas estaban pintadas de verde, dando un armónico contraste al paisaje del lugar Todo hecho con sus manos llenas de devoción y con un propósito amoroso...
Desde su llegada al pueblo, Hans se había ganado el respeto de muchos; si bien la compañía de alguien tan apreciado por todos como Juanita había colaborado, el joven siempre fue educado, trabajador incansable y, en las batallas había adquirido un concepto de colaboración y camaradería que era muy apreciado por los humildes compañeros de labor y por los patrones.
La relación entre la niña y él se estrechaba y consolidaba cada vez más, si bien al comienzo había resultado dificultosa la comunicación con palabras, siempre lograron decirse mucho con la mirada…
Todos estos recuerdos acudían una y otra vez a la mente de la anciana mientras hacía sus labores. Atesoraba con verdadera ternura la historia de su gran y único amor, recorrieron uno junto al otro un camino que había sido duro, más no injusto y, aunque nunca pudieron darle continuidad con la vida de un hijo, sus huellas vivirían por siempre en el alma del pueblo.
Ninguno de los habitantes del lugar, podía decirse que había sido ajeno a las bendiciones, producto del amor, el esfuerzo y los nobles corazones de Juanita y Hans. Cada uno, en mayor o menor medida, recibió aunque fuera indirectamente alguna ayuda o enseñanza de la vida de estos dos ancianos tan especiales como memorables.
No les resultó sencillo estar juntos, si bien estaban unidos por un lazo indestructible desde el momento mismo en que se conocieron, los padres de la niña no iban a ceder tan fácilmente su más preciado tesoro, quien obtuviera el honor de llevarse a su niña, debía ganárselo con verdadero esfuerzo y demostrando que valía tanto como ella merecía.
Juanita sonreía cuando recordaba la resistencia de su tatita y su mama a que siguiera viendo “al Gringo”. Justamente ella, que ayudó a tantos jóvenes a consolidar su amor, tuvo que hacer grandes esfuerzos para que lograran comprender que realmente el amor era lo que los había llevado a encontrarse contra todas las posibilidades.
Cuando veía una pareja en dificultades o que alguien sufría por un mal amor, compartía con su amado esposo esta preocupación y trataban de buscarle alguna salida, la cual proponía únicamente si era requerido su consejo.
Juana, Doña Juanita, la vieja más vieja y querida del pueblo, hacía que su vida fuera un canto a la alegría, al amor, al esfuerzo noble y desinteresado brindándose a los demás como lo hiciera solamente alguien que ha trascendido las fronteras de los más humano y material.









De Almas y Maestros.
Regalos de literatura y arte

2 comentarios:

marce_barcelona dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
marce_barcelona dijo...

Tuve el privilegio de escuchar leer éste cuento de boca misma de la autora...es entrañable...