De Almas y Maestros.
Regalos de literatura y arte
Todos somos Andróginos, buscando su complemento
¿Por qué almas y maestros?
Elegí ese nombre porque creo que siempre hay seres que nos rondan y van guiando nuestros caminos. Si abrimos nuestra percepción, podremos alcanzar lo más noble y rico que poseemos en el interior.
Las corneas están endurecidas, la piel insensibilizada, los oídos cerrados, la lengua trabada, las manos atadas, las alas con lastre y los pies clavados al suelo y ya no sabemos "mirar", "distinguir" ni "gozar"lo que realmente importa; tan sólo permitamos que los maestros que nos susurran al oído, guíen nuestra escencia hacia su máxima expresión... Dejémonos ser... Sólo eso...
Las corneas están endurecidas, la piel insensibilizada, los oídos cerrados, la lengua trabada, las manos atadas, las alas con lastre y los pies clavados al suelo y ya no sabemos "mirar", "distinguir" ni "gozar"lo que realmente importa; tan sólo permitamos que los maestros que nos susurran al oído, guíen nuestra escencia hacia su máxima expresión... Dejémonos ser... Sólo eso...
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Datos personales
- Marythé
- Mendoza, Argentina
- Siempre del lado del gladiador, jamás del emperador. Amo mi vida, mis hijos y la posibilidad infinita de expresarme con palabras, transmitiendo la escencia que me posee cada vez que cominzo a redactar algo nuevo. Tiendo al realismo mágico y a todo aquello que esté relacionado con extrañas leyendas, mitos o tradiciones populares. No soy la persona más extrovertida ni simpática, pero mis amistades y las personas que amo ocupan un lugar sagrado en mi vida y, siempre estoy dispuesta a tender mi mano a quien lo solicite. Deseo vivir delo que mejor sé hacer, escribir y educar, pero no es simple en esta parte del mundo. Por eso me encantaría conectarme con personas que tengan los mismos anhelos e intereses que yo. Bienvenidos a mi extraño mundo de almas y maestros!!!
sábado, 19 de abril de 2008
¿Salvajismo o amor agradecido? Mi autoría

De Almas y Maestros.
Regalos de literatura y arte
Regalos de literatura y arte
¿Salvajismo o amor agradecido?
En el Collasuyu, al noroeste de la Argentina, habitaba parte del imperio Inca. Su vida era pacífica y casi se diría que monótona, en contraste con los demás pueblos incaicos más preocupados por las guerras y los sacrificios; tal vez esto se debía a que poblaban una región en la cual abundaban los frutos de la tierra y podían dedicarse con libertad y alegría al trabajo duro y esmerado obteniendo la merecida recompensa, sin necesidad de recurrir a lo que otros poseían.
El Gran Conquistador y Devastador aún no había llegado hasta allí, por lo cual vivían ajenos a las penurias de la esclavitud, el sometimiento y el saqueo. Si bien tenían conciencia de que otros miembros de su propia cultura, hacían gala del espanto y el horror durante sus conquistas… Pero ellos estaban muy alejados de esto.
Las mujeres cumplían sus labores tejiendo la noble lana de llamas y vicuñas, modelando la tierra, preparando chicha, pisando el maíz y atendiendo a los niños, que crecían jugando curtidos por el dios Sol, en contacto directo con la naturaleza, torneando sus cuerpitos morenos y fuertes.
Los hombres procuraban el alimento cotidiano, sembrando, cazando, ofrendando su humilde y noble hombría en beneficio de los suyos.
¿Era una vida perfecta la que transcurría a los pies del imponente volcán Llullaillaco...?. Quizás si, quizás, sólo debían esta paz y bienestar a la comunión y el contacto con la Pacha Mama. Una madre que siempre cobija a sus hijos y, si sabemos amarla, nos regala lo mejor de su vientre, de su ser, de su alma. Y el pueblo inca sabía de amor y agradecimiento a quien les posibilitaba la vida plena de salud y abundancia.
Poseían tesoros de oro y plata, de sol y luna; pero su mayor riqueza eran ellos mismos y su descendencia.
Entre todos los niños, había tres que se destacaban por su hermosura interior, pureza y perfección física. Estos pequeños de sangre noble, eran el orgullo de los mayores, lo más apreciado y respetado, ya que no podían evitar ver en ellos el sello inconfundible de los dioses... ¿Ángeles?...Quizás...
La Niña del Rayo, La Doncella y El Niño del Águila, vivían sus existencias ajenos a estos atributos que los demás observaban tan claramente. Se reían a carcajadas, jugaban, ensuciaban sus caritas y manos con tierra y compartían travesuras con los demás, sin tener conciencia de que eran "los elegidos".
En aquellos tiempos y cultura, el hombre sabía que no era el omnipotente hacedor, poseedor y dirigente de todo en su vida y destino. Sino que, más bien era conciente de que Seres Superiores velaban por ellos, otorgándoles la Providencia Divina y nada se producía sin Su intervención.
El agradecimiento siempre enriquece a quien da y a quien recibe, más aún al que lo da...y ellos lo sabían. Los pobladores de las tierras custodiadas por el vigilante atento y latente volcán Llullaillaco habían sido bendecidos por la fertilidad de sus tierras, los cultivos, la salud y el pacífico bienestar.
Sentían en el fondo de sus corazones, que era un deber sagrado darle a la Providencia lo mejor que poseían como una ofrenda preciada, bendita, puro espíritu de sus seres humildes y llenos de grandeza.
La Niña del Rayo, la Doncella y el Niño del Águila tenían seis, siete y once años. con toda su inocencia a flor de piel. Fueron elegidos por los adultos como el tesoro más valioso entre todo lo que los rodeaba y, entre esos adultos estaban los padres de los tres pequeños...
Los llevaron al Cuzco, capital del Tawantisuyu, los engalanaron con los tejidos más finos y nobles, con plumas doradas de aves del Amazonas y blancas de pureza marina, adornaron sus cuerpitos con joyas de oro y plata y celebraron los espléndidos esponsales.
Una gran fiesta sucedió a la boda, festejaron y dieron gracias bailando, bebiendo, comiendo el maravilloso fruto regalo de la tierra, haciendo de la noche un derroche de la chispeante luz de las hogueras y de los alegres colores de sus vestidos que no cesaban de girar e inundar de verde, rojo, amarillo, naranja la danza y la música alegre y pegadiza de un pueblo que sabe apreciar las ofrendas de la vida.
Aún vestidos de gala, con el despuntar del primer rayo del sol, emprendieron el camino, con un magnífico cortejo, un séquito complacido y feliz, precedido por los Niños sagrados hacia lo más cerca del Sol que pudieron: la cumbre del Llullaillaco a 6730 m. de altura. Una vez llegados a las nubes, en un gran pozo, provisto de abundantes alimentos, chicha, ropas, vasijas, estatuillas finamente talladas por amorosos artesanos y todo tipo de tesoros, fueron depositados los angelitos, La Niña del Rayo, La Doncella Y El Niño del Águila...
...Ofrendaban a la Naturaleza lo mejor que les había otorgado, sus integrantes más nobles y puros...
Para los niños, el día se hizo noche en su nuevo hogar, pero una noche de paz, una noche amorosa como una madre con la que emprendían el camino hacia la tierra de los dioses.
Bebieron chicha, comieron sólo un poco de los magníficos manjares y, lentamente, el silencio y el frío intenso fueron adormeciéndolos, adueñándose de sus cuerpecitos, hasta que los venció el sueño plácido y sus espíritus se elevaron hacia la morada sagrada...
Más de quinientos años después, fue hallado en Salta, el último hogar de los inocentes del Llullaillaco, de los pequeños ofrendados a los dioses en un pozo cavado en la cima del volcán. Sus cuerpos y las ofrendas estaban intactos, como si hubieran burlado al tiempo, y en sus pequeños rostros una expresión de paz sorprendió y extasió a los exploradores, haciéndoles comprender que jamás habían sido sacrificados ni torturados por sus mayores sino que, por el contrario, fueron enaltecidos, llevados cerca del dios Sol para reunirse con sus antepasados y cantar una alabanza a la abundancia y la plenitud de sus vidas con los más precioso que poseían.
María Teresa Serrano Granado
En el Collasuyu, al noroeste de la Argentina, habitaba parte del imperio Inca. Su vida era pacífica y casi se diría que monótona, en contraste con los demás pueblos incaicos más preocupados por las guerras y los sacrificios; tal vez esto se debía a que poblaban una región en la cual abundaban los frutos de la tierra y podían dedicarse con libertad y alegría al trabajo duro y esmerado obteniendo la merecida recompensa, sin necesidad de recurrir a lo que otros poseían.
El Gran Conquistador y Devastador aún no había llegado hasta allí, por lo cual vivían ajenos a las penurias de la esclavitud, el sometimiento y el saqueo. Si bien tenían conciencia de que otros miembros de su propia cultura, hacían gala del espanto y el horror durante sus conquistas… Pero ellos estaban muy alejados de esto.
Las mujeres cumplían sus labores tejiendo la noble lana de llamas y vicuñas, modelando la tierra, preparando chicha, pisando el maíz y atendiendo a los niños, que crecían jugando curtidos por el dios Sol, en contacto directo con la naturaleza, torneando sus cuerpitos morenos y fuertes.
Los hombres procuraban el alimento cotidiano, sembrando, cazando, ofrendando su humilde y noble hombría en beneficio de los suyos.
¿Era una vida perfecta la que transcurría a los pies del imponente volcán Llullaillaco...?. Quizás si, quizás, sólo debían esta paz y bienestar a la comunión y el contacto con la Pacha Mama. Una madre que siempre cobija a sus hijos y, si sabemos amarla, nos regala lo mejor de su vientre, de su ser, de su alma. Y el pueblo inca sabía de amor y agradecimiento a quien les posibilitaba la vida plena de salud y abundancia.
Poseían tesoros de oro y plata, de sol y luna; pero su mayor riqueza eran ellos mismos y su descendencia.
Entre todos los niños, había tres que se destacaban por su hermosura interior, pureza y perfección física. Estos pequeños de sangre noble, eran el orgullo de los mayores, lo más apreciado y respetado, ya que no podían evitar ver en ellos el sello inconfundible de los dioses... ¿Ángeles?...Quizás...
La Niña del Rayo, La Doncella y El Niño del Águila, vivían sus existencias ajenos a estos atributos que los demás observaban tan claramente. Se reían a carcajadas, jugaban, ensuciaban sus caritas y manos con tierra y compartían travesuras con los demás, sin tener conciencia de que eran "los elegidos".
En aquellos tiempos y cultura, el hombre sabía que no era el omnipotente hacedor, poseedor y dirigente de todo en su vida y destino. Sino que, más bien era conciente de que Seres Superiores velaban por ellos, otorgándoles la Providencia Divina y nada se producía sin Su intervención.
El agradecimiento siempre enriquece a quien da y a quien recibe, más aún al que lo da...y ellos lo sabían. Los pobladores de las tierras custodiadas por el vigilante atento y latente volcán Llullaillaco habían sido bendecidos por la fertilidad de sus tierras, los cultivos, la salud y el pacífico bienestar.
Sentían en el fondo de sus corazones, que era un deber sagrado darle a la Providencia lo mejor que poseían como una ofrenda preciada, bendita, puro espíritu de sus seres humildes y llenos de grandeza.
La Niña del Rayo, la Doncella y el Niño del Águila tenían seis, siete y once años. con toda su inocencia a flor de piel. Fueron elegidos por los adultos como el tesoro más valioso entre todo lo que los rodeaba y, entre esos adultos estaban los padres de los tres pequeños...
Los llevaron al Cuzco, capital del Tawantisuyu, los engalanaron con los tejidos más finos y nobles, con plumas doradas de aves del Amazonas y blancas de pureza marina, adornaron sus cuerpitos con joyas de oro y plata y celebraron los espléndidos esponsales.
Una gran fiesta sucedió a la boda, festejaron y dieron gracias bailando, bebiendo, comiendo el maravilloso fruto regalo de la tierra, haciendo de la noche un derroche de la chispeante luz de las hogueras y de los alegres colores de sus vestidos que no cesaban de girar e inundar de verde, rojo, amarillo, naranja la danza y la música alegre y pegadiza de un pueblo que sabe apreciar las ofrendas de la vida.
Aún vestidos de gala, con el despuntar del primer rayo del sol, emprendieron el camino, con un magnífico cortejo, un séquito complacido y feliz, precedido por los Niños sagrados hacia lo más cerca del Sol que pudieron: la cumbre del Llullaillaco a 6730 m. de altura. Una vez llegados a las nubes, en un gran pozo, provisto de abundantes alimentos, chicha, ropas, vasijas, estatuillas finamente talladas por amorosos artesanos y todo tipo de tesoros, fueron depositados los angelitos, La Niña del Rayo, La Doncella Y El Niño del Águila...
...Ofrendaban a la Naturaleza lo mejor que les había otorgado, sus integrantes más nobles y puros...
Para los niños, el día se hizo noche en su nuevo hogar, pero una noche de paz, una noche amorosa como una madre con la que emprendían el camino hacia la tierra de los dioses.
Bebieron chicha, comieron sólo un poco de los magníficos manjares y, lentamente, el silencio y el frío intenso fueron adormeciéndolos, adueñándose de sus cuerpecitos, hasta que los venció el sueño plácido y sus espíritus se elevaron hacia la morada sagrada...
Más de quinientos años después, fue hallado en Salta, el último hogar de los inocentes del Llullaillaco, de los pequeños ofrendados a los dioses en un pozo cavado en la cima del volcán. Sus cuerpos y las ofrendas estaban intactos, como si hubieran burlado al tiempo, y en sus pequeños rostros una expresión de paz sorprendió y extasió a los exploradores, haciéndoles comprender que jamás habían sido sacrificados ni torturados por sus mayores sino que, por el contrario, fueron enaltecidos, llevados cerca del dios Sol para reunirse con sus antepasados y cantar una alabanza a la abundancia y la plenitud de sus vidas con los más precioso que poseían.
María Teresa Serrano Granado
miércoles, 16 de abril de 2008
Muerte de los sueños

Muerte de los sueños
Con la mirada pura y transparente de una niña,
el corazón palpitando latidos nuevos,
el alma limpia, cargada de sueños y fantasías
regalaba al Universo un corazón sin rejas.
Paseaba por la vida sin dudas ni temores,
dando chances y creyendo en la idiota teoría
de que “todos nacen buenos y que, cada quien,
tiene su ángel interno por descubrir.”
Abrió sus manos, con las palmas hacia arriba,
Permitiendo que fluyera toda la ternura,
toda la bondad, toda la belleza, todo lo joven,
Con la mirada pura y transparente de una niña,
el corazón palpitando latidos nuevos,
el alma limpia, cargada de sueños y fantasías
regalaba al Universo un corazón sin rejas.
Paseaba por la vida sin dudas ni temores,
dando chances y creyendo en la idiota teoría
de que “todos nacen buenos y que, cada quien,
tiene su ángel interno por descubrir.”
Abrió sus manos, con las palmas hacia arriba,
Permitiendo que fluyera toda la ternura,
toda la bondad, toda la belleza, todo lo joven,
hasta todas las cosas eternas en las que creía.
Defendió hasta sangrar sus ideales más profundos
a fuerza de caer en la necedad o la tozudez,
pero sin herir a nadie más que a su propio espíritu.
Las propias ilusiones, crucificaron sus sueños
clavaron mil cuchillos en todos los ángulos de su corazón,
tomaron hasta la última gota de su sangre,
devolviéndole un veneno putrefacto y corrosivo…
Le limitaron el horizonte con una imponente,
árida y siempre estática e invariable cordillera,
escondiéndole la amplitud, el movimiento
Defendió hasta sangrar sus ideales más profundos
a fuerza de caer en la necedad o la tozudez,
pero sin herir a nadie más que a su propio espíritu.
Las propias ilusiones, crucificaron sus sueños
clavaron mil cuchillos en todos los ángulos de su corazón,
tomaron hasta la última gota de su sangre,
devolviéndole un veneno putrefacto y corrosivo…
Le limitaron el horizonte con una imponente,
árida y siempre estática e invariable cordillera,
escondiéndole la amplitud, el movimiento
y la libertad del mar,
¡ justo a ella que tanto amó los desafíos de la marea!.
Anhelaba volar muy lejos, quizás a Nunca Jamás,
siendo la compañera amorosa de Peter Pan, el que no quiere crecer.
Pero cubrieron de lastre sus alas y no llegó a despega
Anhelaba volar muy lejos, quizás a Nunca Jamás,
siendo la compañera amorosa de Peter Pan, el que no quiere crecer.
Pero cubrieron de lastre sus alas y no llegó a despega
Al despertar una mañana agobiante, de esas en que el aire
atraviesa caliente las fosas nasales y arde en los pulmones,
descubrió que había perdido en algún sitio sus sueños,
que un corazón lleno de ilusiones, quedó segado de tajo;
que su fuente inagotable de esperanzas…ya no era nada.
Y quiso llorar… Deseó hacer luto por su espíritu.
Darle un homenaje póstumo a la niña muerta en la nada,
que se resistía con firmeza a abandonar el todo, a pesar de las heridas.
Pero la realidad le golpeó finalmente con fuerza el rostro,
secó sus lagrimales, le negó las emociones…
No se movió, no gritó, no mostró rebeldía ni dolor,
simplemente, muy quieta y en silencio, casi inerte y sin expresión,
dejó que se marcharan la inocencia y la ingenuidad
tomadas de la mano del deseo incontenible, aunque agonizante,
de continuar creyendo en la magia, el amor y las verdad.
No puso epitafio en su lápida, ¿qué podía decir…?
Quizás: “Aquí yace un alma que estuvo empecinada en creer,
que quiso volar y cortaron sus alas, que debió abandonar su inocencia
a fuerza de golpes y mentiras, que se negó a dejar de soñar
y tal vez, descanse en algún lugar del infinito parecido a sus sueños”
atraviesa caliente las fosas nasales y arde en los pulmones,
descubrió que había perdido en algún sitio sus sueños,
que un corazón lleno de ilusiones, quedó segado de tajo;
que su fuente inagotable de esperanzas…ya no era nada.
Y quiso llorar… Deseó hacer luto por su espíritu.
Darle un homenaje póstumo a la niña muerta en la nada,
que se resistía con firmeza a abandonar el todo, a pesar de las heridas.
Pero la realidad le golpeó finalmente con fuerza el rostro,
secó sus lagrimales, le negó las emociones…
No se movió, no gritó, no mostró rebeldía ni dolor,
simplemente, muy quieta y en silencio, casi inerte y sin expresión,
dejó que se marcharan la inocencia y la ingenuidad
tomadas de la mano del deseo incontenible, aunque agonizante,
de continuar creyendo en la magia, el amor y las verdad.
No puso epitafio en su lápida, ¿qué podía decir…?
Quizás: “Aquí yace un alma que estuvo empecinada en creer,
que quiso volar y cortaron sus alas, que debió abandonar su inocencia
a fuerza de golpes y mentiras, que se negó a dejar de soñar
y tal vez, descanse en algún lugar del infinito parecido a sus sueños”
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